
Llevo años haciendo la quiniela y nunca he puesto que pierda el Atleti, ni siquiera que empate. Es una de esas costumbres que con el uso se convierten en tradición, como empezar el periódico por la última página y leerlo al revés, no llevar nunca ropa de “colorines”, cruzar los cordones de las zapatillas o que en la nevera haya siempre al menos media docena de Mahous.
Una, que con el paso de los años va haciéndose cada vez más maniática, ya ni se plantea renunciar a las camisetas negras, dejar los cordones de serie o no hacer oídos sordos a quien canta las alabanzas de la Cruzcampo. Sin embargo, el viernes me planteé que ya era hora de dejar de hacer las quinielas con el corazón y que lo mejor sería poner una X en el tercer casillero.
Desilusionada y aburrida con el juego del equipo, no hice más que cabecear durante los primeros 20 minutos del encuentro, mientras que mi padre, que con el paso de los años cada vez es más maniático, comenzaba la letanía de cada domingo: resoplido, manos arriba, insulto, manos abajo, suspiro… en una cadenciosa serie de 20 segundos medidos.
Ayer, el Atleti, nuestro Atleti, jugaba contra el equipo revelación de la Liga, un Racing fuerte, en zona UEFA, del que se leen alabanzas por su juego y por su sistema y piropos por su entrenador. Un Racing en el que hasta Colsa se está reivindicando (si hombre, no se rían, que "el Mochila" ha declarado que al final casi acabas deseando salir del Atlético, como si su salida hubiese sido poco menos traumática que la del Niño).
Pues ayer, el Atleti que, como saben, está jugando mal y en ocasiones muy mal, que sólo había sumado un punto en la segunda vuelta, que ha caído de Champions y ha sido eliminado en la Copa, que tiene la enfermería al completo y una delantera de esguince y pólvora mojada, hizo del Atleti. De ese Atleti “jodequinielas” y “rompeporras”, de ese Atleti que nunca hace, para lo bueno y para lo malo, lo que de él se espera.
Ya antes del descanso comenzó a hacer aproximaciones al fútbol que nos gusta, al que queremos ver. Fútbol con sentido, con llegada, con toque, con ocasiones. Pudo marcar Maxi y pudo hacerlo Pernía tras un espectacular pase de tacón de Forlán. Pero llegó el descanso y el cero a cero seguía en el marcador.
Y cuando hacíamos cuentas con el empate y la derrota momentánea del Espanyol, apareció la pareja perfecta. Esa pareja que en su primer año de noviazgo ha superado su primera crisis para que la relación salga reforzada. Kun y Forlán, Forlán y Kun dieron muestras de entendimiento, con balón y sin él, de su mágica conexión…
Y yo que he visto jugar a Hugo, a Baltasar, a Manolo, a Vieri, a Hasselbaink o a Torres y que me he dormido escuchando historias de Escudero, de Gárate o de D. Luís Aragonés, no recuerdo una pareja igual en nuestras filas.
Ahora son dos. Dos que están a la misma altura, dos que se desmarcan, dos que marcan, dos que se asisten, dos que celebran sus goles igual que los de su socio, dos que son muy buenos por separado, pero que juntos son aún mejores. Dos como fueron Zarra y Panizo, César y Kubala, Di Stéfano y Puskas… Dos, una pareja.
Ayer fue Forlán, pero pudo ser Agüero. Ayer Forlán firmó dos goles, el primero tras una asistencia "a lo Pablo" de un defensa del Racing y el segundo tras fabricarse solito una jugada y meter un auténtico golazo. Ayer, que el Atleti jugó muy entonado en todas sus líneas, fue Forlán el que puso el dos en la quiniela.
Ayer volví a decir que no tengo que rellenar las casillas con el corazón. Ayer, tuve trece y no fue por culpa de Forlán. Falló el Valladolid.





