
- Maldita escuela conductista (esto no lo digo, pero lo pienso muy alto). “Bueno… ya sabe usted que me he quedado sin trabajo, la semana pasada fue mi último día y lo de la oficina del paro fue realmente traumático”.
- “Bueno, ya iba prevenida, no se crea. Me había tomado media pastilla antes de salir de casa pero en el autobús ya tenía palpitaciones y las manos frías. Pero es que al llegar allí tuve que ponerme media más bajo la lengua. Aquello era un depósito de gente sin alma. Mucha gente. Muy fea. Muy mal vestida. ¿Cómo quieren que no les despidan si llevan esos jerséis? Y la gente que te atiende… la gente que te atiende ha sido elegida a través de un minucioso casting con el único fin de hacer que la gente que allí concurre sume a su condición de parados, nuevos motivos para deprimirse. Tiene que formar parte de algún programa gubernamental para que no vayamos a cobrar el desempleo. Fíjese que hace un mes que no me tiño las canas y ni siquiera me había puesto ni una chispa de rimmel, pues aún así me sentí como Esmeralda cuando el Jorobado de Notredamme me indicó que me sentase, que tenía mal todos los papeles, que ya me podía ir y que no volviese por ahí, que esa oficina no me correspondía.
- “Pues hombre, lo del Atleti no sé si va a ser una buena terapia, igual acabas más deprimida, chica…”
- “Hombre, fútbol, lo que se dice fútbol… el Atleti…” (esto no lo dice, pero lo piensa muy alto dada la curvatura de la comisura de sus labios) mientras que se limita a un mmmm, mmmm, indicándome que siga.
- “Pues mire, el Atleti está como yo. Con ansiedad, un poquito deprimido y con ataques de pánico. Eso ha dicho el entrenador que debe ser de su misma escuela”.
- “Ya le digo que esto tiene que ser fruto de un intenso trabajo de conocimiento de uno mismo”.
- “Pues lo lleva claro, entonces”, digo yo haciéndome la despistada y regateando la propuesta de introspección que me lanza. “Mire tiene un portero que se siente obligado a poner de titular pero que está también un poco como yo”.
- “No, gafado. El caso es que el chaval combina paradas de mérito con indecisiones impropias de un portero con el cartel que traía y las alabanzas que le dedica la prensa.”
- “Ahh, esto es interesante. ¿Se siente usted gafada?, ¿Cree qué lo que le pasa es ajeno a sus propias decisiones?”
-“¿Mayor? Se siente usted mayor. ¿Profundiza como le indiqué en su línea del tiempo?”
-“¿Línea del tiempo? Debe referirse usted al centro del campo. El tiempo que tardan en construir una jugada y el poco que tardan en aturullarse y perder los balones. Está el pobre Assunçao que lleva ya 8 tarjetas amarillas. Es que le dejan vendido. Y Jurado, fíjese que había empeñado yo mi credibilidad como bloggera con este chaval, que mi máxima ilusión era demostrar que tenía más fútbol que el “calesitero” de Iniesta. Y claro fútbol tendrá el chico, pero sangre… ya le digo que si sigue así la cosa en un par de crónicas tengo que dar mi brazo a torcer”.
-"¿Le cuesta dar su brazo a torcer?"
En ese momento la terapeuta hasta parece interesarse. Creo que el nombre de Assunçao, por su sonoridad, le ha hecho mover algún engranaje de su psique en el que no vamos a entrar y que ya tratará ella con su terapeuta. Me mira y me contesta, abriendo los ojos un poco más de la cuenta por primera vez en toda la sesión: “a los dos, a usted y al Atlético, les cuesta dar el brazo a torcer?”
-“Bien, me alegro de que me haga esta pregunta. No sé si a Forlán le pasa como a mí o si a mí me pasa como a Forlán. Supongo que no es la primera vez que un paciente le dice esto”
Ella suspira, intenta decirme algo, pero la interrumpo…
-“Vamos a dejarlo, creo que le voy a subir la dosis de Alprazolam”.
-¿A Quiqué?
- “Ah, vale, a eso venía…”








