
La historia que les cuento hoy habla poco de goles, remates o asistencias.
Sí, es una historia del equipo que nos late por dentro, pero sobre todo es una historia de amistad, de amistad mojada en el Atleti, forjada en nuestra grada, como tantas otras. De esta historia no esperen un final feliz. No lo tiene. Casi ningún final lo es.
Hoy les cuento la historia de Juan Pablo. Se lo presento con cuatro años, cuando su tía de Ávila se empeña en hacerle socio del Atleti, como a sus otros tres hermanos, como toda la familia. Un niño de barrio que crece yendo al fútbol los domingos, jugando, haciéndose mayor, que con 16 años ya empieza a salir con sus “colegas”, primero a la “Violeta” y luego a Malasaña, no podía ser de otra manera.
Les presento también al resto de integrantes de su pandilla, Paquito, Pepe “el Domínguez”, Juanjo “el polaco”, Jesús “el Feito”, Armando “el membrillo” y Luis Miguel “el Willy”. Con ellos empieza Juanpa a ir al fútbol en 1990. Mal estudiante, por aquella época se cambia al Colegio España donde coincide con los hermanos Punas, también del Atleti, como él, siempre a tope.
Y así se va escribiendo su historia. La de un chico más, que empieza a estudiar una carrera. Con música de Black Sabath, de Led Zepelling, de AC/DC..., con noches de marcha los sábados y goles los domingos.
Llega la final contra el Mallorca y Juan Pablo la disfruta como nadie, celebra ese gol de Alfredo como si le fuera la vida en ello. Vital y optimista, no quiere dar importancia a los cada vez más frecuentes dolores de cabeza, a que se le duerman las manos jugando al mus o a esa cojera cada vez más evidente y que achaca al fútbol.
Pero una noche, celebrando el final de la mili de su amigo Paquito se desploma y le tienen que ingresar. Pruebas y un diagnóstico demoledor. Un tumor cerebral maligno que operan inmediatamente pero que no pueden terminar de extirpar. Su esperanza de vida es corta, pese al tratamiento, pese a la quimioterapia... pero los médicos no tienen en cuenta una cosa: Juan Pablo no piensa morirse sin ver ganar la Liga a su Atleti del alma.
La recuperación de esa operación que le ha tocado puntos vitales es difícil y complicada, pero Juan Pablo se repone para celebrar en Neptuno, un año más, la victoria ante el eterno rival y el nuevo título de su equipo.
Los siguientes cinco años son la historia de una lucha contra el cáncer. Una lucha desigual en la que Juan Pablo batalla con la mejor de sus armas: sus ganas de vivir.
Si se tropieza y se cae, se levanta rápido con la mejor de sus sonrisas, como si nada hubiese pasado. Si alguien le pide su carnet para ir al fútbol le responde: “hazte socio, vikingo” y sus amigos se encargan de que no falte a ningún partido.
La temporada 95-96 es especialmente dura. Juan Pablo no puede ya subir las escaleras, pero sus amigos se lo echan a la espalda y le llevan a su localidad, camina con dificultad, le duele mucho la cabeza, y está prácticamente ciego. Pero eso no le impide disfrutar de cada una de las victorias de los Molina, Pantic, Caminero, Kiko..., cantando cada gol, aunque tengan que ser de nuevo los suyos los que le cuenten quien ha iniciado la jugada, cómo ha sido el regate y quien ha “mojado”. Pero el título no termina de concretarse y hasta tiene que llevarse el transistor a la Plaza Mayor, en medio de una "mascletá", por si su Atleti gana la liga en Tenerife.
Y así llega el último encuentro de liga, contra el Albacete. Carlos Peña se encarga de que toda la pandilla pueda ir a ese partido, pero en la puerta no les dejan pasar. Las entradas son de otras localidades... ¿cómo explicarle a ese portero con cara de circunstancias que han vivido mil partidos juntos?, ¿cómo contarle sus cinco años de lucha por ese partido, por esa tarde? Y se lo cuentan con lágrimas desesperadas hasta que les dejan pasar. Todos juntos.
Cuando marca el Cholo de cabeza todos buscan a Juan Pablo, todos le abrazan, todos lloran. Así celebran también el de Kiko, fundidos en un abrazo de felicidad, de lágrimas, de hermandad. El Atleti ha ganado la liga. La liga del Juanpa.
Todavía saca fuerzas para ir con sus hermanos a Zaragoza y cantar el gol de Pantic ante el Barcelona con la misma fuerza que aquel de Alfredo, unos años antes, antes de que todo empezase.
Juan Pablo fallece poco después, el 6 de febrero de 1997. Se ha salido con la suya. Ha visto al Atleti campeón de Liga y Copa, jugando la Champions. Ha ganado su batalla.
Sus amigos, aquellos que, destrozados, arrojaban sus insignias sobre su amigo el día de su entierro, todavía le recuerdan con mil y una anécdotas.Cada viaje, cada partido en el Calderón, cada gol es un recuerdo para él. A veces comentan lo “listo” que fue el Juanpa que sabiendo que iba a morir no espero a ver la travesía de su equipo en segunda, la sequía de juego, la pérdida de identidad. Juan Pablo se fue con aquel gran Atleti de orgullo, casta, coraje y corazón. Aquel Atleti que era como él. GRANDE.